En las iglesias parroquiales, el lugar particularmente idóneo (en el presbiterio) para el Santísimo es el altar mayor que acoge el tabernáculo. En este caso, el altar mayor con su retablo es verdaderamente el trono de Cristo Rey, y atrae las miradas de todos aquéllos que están en la iglesia.
La presencia del Santísimo en el área principal de la iglesia da a los fieles la ocasión de adorar a Dios también fuera del sacrificio de la Misa (por ejemplo, durante el intervalo de tiempo entre los oficios divinos). De hecho, van a la iglesia para rezar, no para conversar. Antes de la Comunión es deber de los sacerdotes invitar a los fieles a la confesión individual de los pecados. El mejor lugar para la confesión de los fieles es el confesionario, colocado en la iglesia y construido con una celosía fija entre el confesor y el penitente. En la medida de lo posible, los sacerdotes deben favorecer las condiciones para que los fieles accedan a la Penitencia: en efecto, si los hombres y las mujeres mueren en pecado, cualquier otro esfuerzo pastoral es vano. Es oportuno reservar cada día un tiempo para la confesión, en horas preestablecidas, especialmente antes de la Misa. Si queremos verdaderamente renovar la vida espiritual del pueblo, nos está consentido dejar el confesionario sólo cuando el último penitente ha recibido el perdón. A los sacerdotes y a los laicos que generalmente participan en la mesa del Señor cada día, se debe aconsejar la confesión individual más o menos una vez al mes. Para los demás, la confesión es necesaria al menos cada vez que acceden a la Comunión.

En general, hay que eliminar el abuso de acceder a la Comunión sin el sacramento de la Penitencia. En el pasado, se tenía la costumbre, durante la Misa, de ir en procesión a la Comunión, pero con el paso del tiempo esta práctica fue justamente rechazada por un motivo pastoral. Como sabemos, en la iglesia el pueblo tiene un comportamiento colectivo: todos responden a las palabras del sacerdote, todos, sentados, escuchan las lecturas de las Sagradas Escrituras, todos están en pie durante el Evangelio, todos se arrodillan en la consagración y, (¡cosa que nos entristece!) todos se levantan para participar en procesión a la Comunión - entre ellos también el fariseo y el publicano, el penitente y el no penitente. Los fieles temen no participar en esta procesión, ya que de ese modo se exponen públicamente como indignos. Esta es la causa de que este abuso haya prevalecido tanto. ¿Qué hay que hacer? Hay que renovar la costumbre de acceder individualmente a la Comunión para preservar la libertad de conciencia. La Misa es una acción común, pero la Comunión tiene que ser individual.

Preparación para la comunión

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