Para el mundo moderno esto puede sonar como algo anticuado, pero aunque los tiempos cambien, la verdad es una, y permanece inmutable. Dios es nuestro Señor, nuestro Dueño.

Predicaba el P. Hurtado:
“Dios es mi Señor porque este campo que soy yo, Él lo posee, fondo y superficie; más aún, Él lo ha hecho. Sin él no existiría: todo viene de Él. ‘Yo soy el Señor’. Este derecho esencial de Dios está escrito en la contextura de mi ser... y es incomunicable, y cualquier derecho que alguien pretenda ejercer sobre mí, es apenas una delegación de su derecho. Toda sumisión justa se refiere a su soberanía; y todo señorío no es más que un intermediario entre Dios y yo. ‘Yo soy el Señor’.

Este derecho de Dios es total. Sustraerle una fibra de mi corazón, un pensamiento de mi espíritu, un relámpago de mi inteligencia, un paso de mi cuerpo; sustraerle con conciencia la menor de mis acciones es un robo, una injusticia. Es además una gran tontería: ‘Perecerán los que se alejan de ti’ (Ps 72,27). Es un error; es un ensayo furioso condenado al fracaso. El que escapa a la Providencia de gracia y de predilección caerá en la providencia de justicia y castigo.

Eterno es el derecho de Dios... Los cielos y la tierra pasarán. El placer y la pena humana pasarán. Las risas y las lágrimas pasarán. Las artes y los libros y los museos pasarán (como se les ve pasar...). La fe y la esperanza pasarán, pero el dominio de Dios y sus consecuencias sobre mí, felices o desgraciadas, no pasarán. El amor eterno que es la razón de ser del mundo y de los mundos; este amor eterno no será frustrado.

El primero de los derechos, es el derecho de Dios sobre mí. El derecho de mis padres, mis bienhechores, mi país, mis amigos, todos aquellos a quienes mi amor de naturaleza o de elección, carnal o espiritual reconoce con razón o sin ella un cierto derecho sobre mi actividad, mi afecto, mi abnegación, mi servicio; todos esos derechos son precarios condicionados, medidos, limitados, segundos. Yo les debo un poco, o mucho pero yo no me debo sino a Dios. Su derecho es el único incondicional. Él, antes que nadie, debe ser servido, ya que los dones de los demás para conmigo, son los dones que me hacen de los que Dios me da por ellos, de los que Dios les da para mí. Dios antes que nada ni nadie. ‘Yo soy el Señor’.

Padre, además de Señor. Padre es quien por amor comunica su naturaleza a un nuevo ser, que es su hijo. Dios me ha hecho participante de su naturaleza, y esto por un amor de predilección entre las infinitas creaturas posibles, por un amor eterno que no ha comenzado al darme la vida, sino que existía desde que Dios es Dios. Los padres del mundo son muy poca cosa en comparación de la paternidad divina: prestan un pequeño concurso material, no crean a sus hijos, los reciben, el amor no se avanza al hijo, no nace antes de tenerlo, no es causa de sus perfecciones, sino que sigue a las cualidades de su hijo. El Padre celestial en cambio nos conoce antes de crearnos, nos estima desde toda la eternidad; y porque nos conoce y nos ama desde antes de que nosotros seamos, por eso nos crea; con toda verdad podemos decir que nos crea por amor. La palabra Padre, respecto de Dios no es alegoría, es una realidad muy superior a la paternidad humana. ¿Lo hemos pensado? ¿Agotamos esta idea? ¿Descansamos en el pecho de nuestro Padre, como un hijo a quien su padre consuela, apoya, ayuda, ama?

Bien, mi Bien, ese es Dios; y no sólo eso, sino que el único Bien: ‘Nadie es bueno, sino sólo Dios’, como dijo Jesús al joven del Evangelio (Mc 10,18). Fuente de todo bien es Dios, Bondad fontal. Todo lo que en la tierra nos parece agradable, deleitable... es algo que fluye, no tiene en sí mismo su origen, supone una fuente de la cual depende totalmente, y a la cual nos orienta: Dios. Dios solo es bueno.

Término, fin de todo bien, Dios. Bondad final. Toda actividad, todo deseo, toda esperanza que nos atrae nos envía, nos remite a un bien ulterior no poseído, real (ya que real es nuestro movimiento, y una causa irreal no puede explicar un movimiento real; un sol imaginario no explica una marea real) que nos atrae, nos mueve. Este bien último, supremo hacia el cual tienden todas nuestras aspiraciones es Dios, bondad final. ‘Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (S. Ag.)

Dios ha sido la primera palabra, y será la última. A quien pierde todo lo humano, Dios le queda todavía, pero ¿qué puede quedarle a quien pierde a Dios? ‘Perderlo es perecer... ¿Qué te puede satisfacer si no te satisface Dios?’. ‘Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva’, decía con nostalgia San Agustín. Y San Bruno, y detrás de él los Cartujos, se fueron a los montes impenetrables clamando sin cesar ‘Oh Bondad, oh Bondad, oh Bondad...’, y esta contemplación tan simple llenaba sus almas de inmensa paz, serenidad, amor”.

Fuente: SAN ALBERTO HURTADO, Ejercicio para una comunidad Jesuita, febrero de 1944; Un disparo... p. 163ss
El hombre es creado.. Por eso Dios es su

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