Quien no se hizo alguna vez esta pregunta: ¿para que estoy aquí? San Ignacio contesta: “para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor”.

Dios en el acto de crear no tuvo ningún otro motivo que su infinita bondad, la cual quería comunicar a la creatura. Nosotros no agregamos nada a Dios.

Pero dado que libremente se determinaba a crear, forzosamente tenía que señalar un destino a las criaturas; y considerando quién es Dios y lo que son las cosas criadas, éste destino no podía ser otro que la glorificación de la divinidad.

Es incluso filosófica y teológicamente imposible que Dios hiciese algo que no tuviese como fin Él mismo; de lo contrario diríamos que a Dios le falta algo, ya que buscaría su perfección en otra cosa distinta de Él. Y esto se ve más claro en la creación, ya que antes de crear no existía otra cosa sino Dios, por lo tanto era imposible que tuviese otro fin la creación que no sea Dios mismo.

Por tanto, que mi fin sea Dios se sigue del hecho de que Él es mi creador, de que Él es mi Señor.

Y además el hombre está llamado de una manera particular a buscar y unirse a ese Dios que lo creó, y esto justamente por lo que dijimos arriba: que es su imagen y semejanza. “Lo semejante busca lo semejante”.

Y contemporáneamente el mismo hombre en su propia humanidad recibe como don una especial « imagen y semejanza » de Dios. Esto significa no sólo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino además, desde el principio, capacidad de una relación personal con Dios, como « yo » y « tú » y, por consiguiente, capacidad de alianza que tendrá lugar con la comunicación salvífica de Dios al hombre. En el marco de la « imagen y semejanza » de Dios, « el don del Espíritu » significa, finalmente, una llamada a la amistad, en la que las trascendentales « profundidades de Dios » están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre. El Concilio Vaticano II enseña: « Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía ». JP II, Dominum et Vivificantem, 34

El hombre tiene sed de Dios y esto es algo que nunca nadie podrá arrancar de la naturaleza humana.

« Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los elementos terrenos » GS, 41

Marcelo Morsella, uno de los primeros seminaristas de nuestro Instituto, fallecido en olor de santidad, tenía bien claro esto…

“La gente tiene sed de Dios y eso nunca dejará de ser así, porque así lo dispuso Dios, Él se ríe de los que pretenden hacerlo desaparecer” MARCELO MORSELLA, Carta a Carlos, San Rafael, 17/9/84, Soy p.34

“El corazón del hombre está hecho para Dios. Si las cosas las orientamos a Dios, entonces sí nos darán verdadera satisfacción y alegría acá, porque nos acercan a Dios cada vez más. El cielo y el infierno empiezan en la Tierra, en el interior del hombre: o tiene a Dios dentro o no lo tiene” MARCELO MORSELLA, carta a un amigo, San Rafael, 30 de noviembre del 84; Soy capitán triunfante de mis estrella p. 76.

“Siento la necesidad de escribir y de así desahogar esa sed de lo eterno” MARCELO MORSELLA, cuaderno de anotaciones, 6 de agosto del 83; Soy capitán triunfante de mi estrella p. 31.

Fuente: P. Gustavo Lombardo - www.ejerciciosive.com.ar
El hombre es creado.. Para Dios

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