Muchísimos años antes de Cristo lo decía un filósofo griego, Sócrates “el haber sido llamado a la inmortalidad es un gran privilegio, pero también es un gran peligro”. Y el Evangelio nos dice: “de que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”. Absolutamente de nada. Sin lugar a dudas que el negocio más grande, el único realmente de peso es el de salvar el alma.
Perdida nuestra alma, se pierde todo y para siempre. Por eso es importante meditar despacio y profundamente esta realidad.
Dios se interesa por nosotros. Podemos decir que todo el universo se mueve para que yo me salve. Hasta el último átomo se mueve para que yo me salve. No somos fruto de la casualidad sino de la causalidad.
Pero ese Dios que se interesa por nosotros no nos atropella. San Agustín decía: “el que te creó sin ti no te salvará sin ti”.
¡Estamos llamados a la vida eterna! ¡Somos eternos... y por tanto tenemos que procurar con todos los medios que tengamos a nuestro alcance la salvación de nuestras almas.
¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. P. Hurtado
Don Bosco: “Tengo una alma sola: si la pierdo, ¿de qué me servirá haber vivido?” (IV, 55)
Y tenemos que agregar algo más: la salvación de nuestra alma no es otra cosa que la felicidad perfecta, a la cual cada ser humano tiende, todos queremos ser felices. Y el buscar la salvación de nuestra alma no sólo nos lleva a la felicidad eterna en el cielo, sino que también nos hace felices aquí en la tierra, al menos en cuanto se puede.
El concilio del Vaticano I nos enseña que Dios creó el mundo “para manifestar su perfección” (fin primario) “por los bienes que distribuye entre las criaturas” (fin secundario).
Estos dos fines de la creación se hallan inseparablemente unidos entre sí; pues glorificar a Dios conociéndole y amándole constituye la suprema felicidad de las criaturas racionales, imperfecta aquí en la tierra y perfecta en el cielo.
“La gloria de Dios es que el hombre viva”. S. Ireneo
Por tanto podríamos que formular esta primera parte del principio y fundamento de esta manera: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y de esta manera ser feliz en la tierra (en cuanto se pueda) y perfectamente feliz en el cielo”.
Podemos elegir no servir a Dios y no ser felices y condenarnos, o podemos elegir servir a Dios con nuestras vidas, ser lo más felices que podamos en esta tierra y luego infinitamente felices en el cielo. Es negocio lo segundo ¿no? Más vale pobre y sano que rico y enfermo.
Pero aunque parece tan fácil, sin embargo nuestra naturaleza caída necesita meditar estas cosas para entenderlas bien y llevarlas a la práctica. Para eso estamos acá hoy.
Tanto se interesa Dios en nuestra salvación, que se hizo hombre y murió en la cruz; quiso tener un corazón humano para alegrarse, y sobre todo para sufrir por nosotros.
Jesucristo por un lado nos revela quien es Dios… Jn 1,18 A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.
Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Él es imagen de Dios invisible.
Y por otro, qué y quién sea el mismo hombre “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo... manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22).
Fuente: P. Gustavo Lombardo - www.ejerciciosive.com.ar
Perdida nuestra alma, se pierde todo y para siempre. Por eso es importante meditar despacio y profundamente esta realidad.
Dios se interesa por nosotros. Podemos decir que todo el universo se mueve para que yo me salve. Hasta el último átomo se mueve para que yo me salve. No somos fruto de la casualidad sino de la causalidad.
Pero ese Dios que se interesa por nosotros no nos atropella. San Agustín decía: “el que te creó sin ti no te salvará sin ti”.
¡Estamos llamados a la vida eterna! ¡Somos eternos... y por tanto tenemos que procurar con todos los medios que tengamos a nuestro alcance la salvación de nuestras almas.
¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. P. Hurtado
Don Bosco: “Tengo una alma sola: si la pierdo, ¿de qué me servirá haber vivido?” (IV, 55)
Y tenemos que agregar algo más: la salvación de nuestra alma no es otra cosa que la felicidad perfecta, a la cual cada ser humano tiende, todos queremos ser felices. Y el buscar la salvación de nuestra alma no sólo nos lleva a la felicidad eterna en el cielo, sino que también nos hace felices aquí en la tierra, al menos en cuanto se puede.
El concilio del Vaticano I nos enseña que Dios creó el mundo “para manifestar su perfección” (fin primario) “por los bienes que distribuye entre las criaturas” (fin secundario).
Estos dos fines de la creación se hallan inseparablemente unidos entre sí; pues glorificar a Dios conociéndole y amándole constituye la suprema felicidad de las criaturas racionales, imperfecta aquí en la tierra y perfecta en el cielo.
“La gloria de Dios es que el hombre viva”. S. Ireneo
Por tanto podríamos que formular esta primera parte del principio y fundamento de esta manera: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y de esta manera ser feliz en la tierra (en cuanto se pueda) y perfectamente feliz en el cielo”.
Podemos elegir no servir a Dios y no ser felices y condenarnos, o podemos elegir servir a Dios con nuestras vidas, ser lo más felices que podamos en esta tierra y luego infinitamente felices en el cielo. Es negocio lo segundo ¿no? Más vale pobre y sano que rico y enfermo.
Pero aunque parece tan fácil, sin embargo nuestra naturaleza caída necesita meditar estas cosas para entenderlas bien y llevarlas a la práctica. Para eso estamos acá hoy.
Tanto se interesa Dios en nuestra salvación, que se hizo hombre y murió en la cruz; quiso tener un corazón humano para alegrarse, y sobre todo para sufrir por nosotros.
Jesucristo por un lado nos revela quien es Dios… Jn 1,18 A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.
Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Él es imagen de Dios invisible.
Y por otro, qué y quién sea el mismo hombre “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo... manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22).
Fuente: P. Gustavo Lombardo - www.ejerciciosive.com.ar
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