— «Guarda los mandamientos:» , fue la divina respuesta.
— «Todos los he guardado desde mi mocedad; mas, dime, Maestro bueno, ¿qué más me queda por hacer?»
Lanzó Jesús una amorosa mirada sobre ese joven puro.
— «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme» .
Siguióse un momento de angustia: la naturaleza y la gracia lucharon por el predominio ante aquella invitación del Maestro que lo encauzaba por el camino de los perfectos. Duda, vacila y, al fin, prevaleciendo el amor de sus grandes riquezas sobre las aspiraciones de su alma, se apartó del Señor. He aquí una vocación ofrecida y una vocación rehusada.
En cambio, encontró Jesús junto al lago a Simón y a su hermano Andrés y les dijo: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres», y ellos, los pobres pescadores, dejadas todas sus cosas, lo siguieron al punto. He aquí vocaciones ofrecidas y vocaciones aceptadas.
Después de estos llamamientos miles y miles se han sucedido. De los llamados, unos han acudido a la voz del Maestro, otros han cerrado sus oídos, o han vuelto la cabeza apenas les parecía que el Señor fijaba sus ojos en ellos.
¿Cómo se manifiesta esta elección personal? Algunos han creído erróneamente que no podía haber vocación al sacerdocio sin una moción sensible del Espíritu Santo, sin un llamamiento tan evidente como el que sintió Luis Gonzaga o Estanislao de Koska. Otros también han creído que se requiere un gusto natural por la vida y ministerios del sacerdote.
La doctrina oficial de la Iglesia es bien diferente: S. S. Pío XI, en un documento solemne sobre el sacerdocio dirigido a los católicos de todo el mundo, dice:
«La vocación se revela más que en un sentimiento del corazón, o en un sensible atractivo que a veces puede faltar, en la recta intención de quien aspira al sacerdocio unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que lo hacen idóneo para tal estado. Quien se dirige al sacerdocio únicamente por el noble motivo de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente, o a lo menos con el fin de alcanzar seriamente una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba, una ciencia suficiente, éste muestra que ha sido llamado por Dios al estado sacerdotal».
El documento es bien preciso. El Sumo Pontífice, con su autoridad de Maestro supremo, enseña que no se necesita atractivo sensible, ni un sentimiento del corazón, sino cualidades y recta intención. Esto es, querer y poder.
¿Qué cualidades son éstas? Las que va a necesitar para la vida nueva que pretende seguir: aptitudes intelectuales, el talento suficiente para los estudios que son necesarios para el sacerdocio; aptitudes físicas, salud suficiente para llevar la vida que va a abrazar, que no exige fuerzas extraordinarias, pero sí un equilibrio de facultades, una salud mental y nerviosa, la ausencia de taras neuróticas; independencia económica, de modo que no sea absolutamente necesario para asegurar la vida de sus padres o de las personas que Dios ha puesto a su cuidado; y, sobre todo, cualidades morales: la posibilidad, con la gracia de Dios, de seguir llevando una vida de piedad y de castidad, o de recuperarla si la ha perdido, y si se trata de la vida religiosa el poder guardar los votos de obediencia y pobreza, lo que supone que se trata de una persona con la docilidad necesaria para seguir las instrucciones de su superior y que pueda adaptarse a la austeridad de la vida religiosa, que no es la miseria, pero sí el trabajo personal y un marco sencillo de vida.
¡Cuántos jóvenes católicos han recibido de Dios estas cualidades y podrían ser santos sacerdotes!
El Padre Arturo Vermeersch, S. I., una de las más indiscutibles autoridades en materia de teología moral, establece estos dos signos de vocación al sacerdocio, que coinciden totalmente con los señalados en la encíclica de S.S. Pío XI:
« Una señal negativa, la ausencia de impedimentos (deformación física, locura, etcétera); la otra positiva, una resolución firme con el auxilio de Dios de servirlo en el estado eclesiástico. ¿Es honrada tu intención? ¿Tienes fuerzas y habilidades suficientes? ¿Deseas ser sacerdote, no para llevar una vida fácil, cómoda, o por el honor y estimación que de ello te provenga, sino para tomar la parte que te corresponde en la edificación del Reino de Cristo sobre la tierra, convencido de que un sacerdote puede hacer muchísimo más por la gloria de Dios tan olvidada y despreciada, por la salvación de las almas que perecen y la santificación de sí mismo?»
Si esto encuentras en ti, querido joven, puedes encaminarte tranquilo hacia el altar de Dios, cierto de que no te entrometes en el sacerdocio, sino que has sido llamado por la misericordia infinita de Cristo.
Aún quisiera agregar un texto por la importancia de su autor, y por la claridad diáfana de su pensamiento: es de San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia.
«La genuina vocación, dice, es sencillamente un firme deseo y voluntad de servir a Dios... No quiero decir que este deseo haya de estar exento de toda repugnancia, dificultad, o disgusto. No ha de creerse que es falsa la vocación de quien se cree llamado al estado religioso si no conserva por mucho tiempo los sentimientos sensibles que experimentó al principio, y sí, tal vez cierta repugnancia y frialdad que le induce a pensar que está todo perdido: basta que persevere la firme resolución de la voluntad de no abandonar el primer designio.
«Por lo que atañe al conocimiento de si me quiere Dios en el estado religioso, no es necesario esperar que me envíe un ángel desde el cielo para manifestarme su voluntad, ni mucho menos que El en persona venga a decirme: «quiero que seas religioso»; ni es necesario esperar revelaciones sobre el asunto, no; mas tan pronto como se siente la primera inspiración o movimiento de la gracia, se debe corresponder, y de ninguna manera turbarse por el disgusto o frialdad que pueda sobrevenir».
¿CÓMO SE INSINUA EL LLAMAMIENTO DIVINO?
La vocación sacerdotal no requiere otros elementos que los que acabamos de indicar, pero ¿cómo se insinúa en el alma este llamamiento de Jesús a un joven?
El Padre Guillermo Doyle, S.I., enumera las siguientes señales algunas de las cuales, o bien otras, están al comienzo de una vocación.
1) Deseo de la misma, junto con una convicción de que Dios le llama para este estado.
2) Una atracción creciente por la oración y cosas santas en general.
3) Tener odio al mundo y convicción de su falsía e insuficiencia para satisfacer las aspiraciones del alma.
4) Temor del pecado, por la facilidad que hay de incurrir en él, y gran deseo de estar lejos de las tentaciones y peligros del mundo.
5) A veces es señal de vocación el mismo temor de que Dios quiera dársela a uno. Es verdad lo que el Padre Lehmkuhl dice:
«No es necesario tener inclinación natural a la vida religiosa; al contrario, la vocación divina es compatible con la natural repugnancia hacia este estado».
6) Tener celo por las almas, esto es: penetrar algo del valor de la felicidad o desgracia de un alma inmortal, y por tanto desear cooperar a su salvación.
7) Querer consagrar a Dios nuestra vida para conseguir la conversión o salvación de personas a quienes amamos.
8) Desear reparar nuestros propios pecados y también los ajenos, y querer estar lejos de las tentaciones para cuyo combate nos sentimos muy débiles.
9) Especial atractivo por el estado de virginidad.
10) Ponderar la felicidad que lleva consigo la vida religiosa, por sus ayudas espirituales, por su tranquilidad, mérito y recompensa.
11) Un ardiente anhelo de sacrificarse y abandonarlo todo por el amor de Jesucristo, y de sufrir por su causa.
12) Es prueba, finalmente, de verdadera vocación, este buen deseo en uno que no teniendo ni muchas prendas, ni estudios, está dispuesto, sin embargo, a ser recibido en tal estado en cualquier grado que se le diere.
No hay que creer que a la vida sacerdotal ingresan los corazones desengañados, en busca «de la paz del convento», como piensan quienes conocen muy poco la vida de batalla del apóstol, pero tampoco puede excluirse como causa ocasional de un llamamiento una sorpresa dolorosa: la muerte trágica de un amigo, una esperanza desvanecida, un desengaño de amor que han persuadido a muchos que después han sido santos, la vanidad de la vida, y que lo único digno de ser amado con toda el alma, es Jesucristo, amigo fiel e incomparable.
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